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‘Tumbos’, el debut en solitario del pianista Nicolás Ospina

El álbum podría llamarse como la banda sonora de su memoria como intérprete y creador.
Luis Daniel Vega

Además de la variada oferta de música en vivo que tuvimos la oportunidad de apreciar en la reciente temporada de jazz en Colombia, las novedades discográficas también estuvieron a la orden del día. Una de ellas es ‘Tumbos’, tercera firmada a nombre del pianista bogotano Nicolás Ospina, y primera en solitario de su carrera.

Nada en el repertorio de su debut como solista está dejado al azar. Cada una de las piezas que componen el álbum hace parte de una necesidad apenas ineludible: aferrarse a sus raíces en el momento del desarraigo. Digamos que es la banda sonora de su memoria como intérprete y creador. Allí se revelan, por ejemplo, matices camerísticos no exentos de buen humor, músicas enraizadas en los cancioneros populares latinoamericanos, encuentros sutiles entre el jazz y la música andina colombiana o aquellas nostalgias provenientes del sur del continente.

De las nueve composiciones que integran ‘Tumbos’- dos de ellas originales del pianista-, resaltan, por ejemplo, “Ojo al toro”, “El moro”, “You must believe in spring”, Beatriz”, “Fuga móvil” y “Tonada de luna llena”.

Probablemente el más importante de los compositores del Tolima Grande, Cantalicio Rojas tocó bandola, guitarra e hizo las veces de clarinetista en la banda del municipio de Natagaima, a donde llegó a sus 20 años de edad. En la década del 50 el interés por las músicas de los indígenas natagaimas lo llevó a inventar sus famosas cañas, un género musical que se convirtió en una auténtica expresión regional. La más conocida de ellas es “Ojo al toro”, según Ospina, uno de sus primeros acercamientos a la música andina colombiana.

Por su parte, las ombligadas son alegres rituales simbólicos que las mujeres del Pacífico colombiano llevan a cabo cuando nace un nuevo integrante de la comunidad. Eso es lo que retrata el poeta y compositor Ezequiel Cuevas Sanclemente en “El moro”, una canción a ritmo de abozao que fue grabada por Alé Kumá en el disco ‘Cantaoras’ (2002). Dentro de sus múltiples oficios como pianista, Nicolás Ospina hizo en algún momento parte de la célebre agrupación dirigida por el contrabajista Leonardo Gómez. Allí conoció esta tonada propensa a la improvisación virtuosa, y que en sus manos rezuma jolgorio.

 

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Reconocido ampliamente como compositor de bandas sonoras, el actor, cantante, pianista y director de orquesta Michel Legrand tuvo una profunda relación con el jazz. De ello dan cuenta grabaciones junto a Stan Getz, Sarah Vaugh y Miles Davis, además de algunos discos firmados a su nombre como el clásico ‘I love Paris’ de 1954. Su impronta sincopada y nostálgica quedó impresa en la película ‘Las señoritas de Rochefort’ (1967), cuya canción más famosa –que contó con la letra de Jacques Demy, su director- se convirtió con el pasar de los años en un estándar inamovible del jazz. “La chanson de Maxcense”, luego traducida al inglés como “You must believe in spring”, fue grabada varias veces por Bill Evans, quien la inmortalizó junto a Tony Bennett en 1976.

Inspirado en un poema de Jorge de Lima, “Beatriz” es una canción que apareció originalmente en ‘O grande circo místico’, un espectáculo de teatro, baile, poesía y circo, estrenado en 1983. Con música de Edu Lobo, letra de Chico Buarque y la magistral interpretación de Milton Nascimento, esta genialidad lírica de Buarque –quien hace que la palabra “tierra” (chão) coincida con la nota más grave de la melodía y “cielo” (céu) con la más aguda- narra la historia de amor entre un aristócrata y una acróbata de nombre Agnes, cuyo nombre fue cambiado por el de Beatriz para situarla en el séptimo cielo de Dante.

Respecto a "Fuga móvil", Nicolás Ospina nos revela: «Es una pieza reciente con la que le rindo una suerte de homenaje a los teatros y escenarios vacíos. Para ello fusioné una icónica estructura pianística del barroco –la fuga- con una melodía que me remitiera directamente a la actualidad. Así que tomé uno de los ringtones más conocidos -el clásico del celular Nokia- e hice una fuga a 4 voces para piano. Posiblemente sea una de las melodías que más se han escuchado en teatros, escenarios y bares de todo el planeta, pero siempre desde el público; en esta ocasión le cambié la perspectiva e hice que sonara desde el otro lado: desde el lado del pianista».

Simón Díaz debutó con ‘¡Ya llegó Simón!’ (1963), una grabación en la que cristalizó su largo proceso creativo alrededor de los cantos de trabajo venezolanos. Obsesionado con la candidez y la profundidad de esas músicas ligadas a las faenas agrícolas, Díaz se dio a la tarea de convertirlas en un género. Ya fuera en la radio, la televisión o en los discos, Tío Simón le dio un carácter universal que hoy es un canon en Hispanoamérica. “Tonada de luna llena”, la más famosa de esas canciones, fue incluida originalmente en ‘Criollo y sabroso’ (1965). El ilustre cantautor barbacoense recuerda en sus memorias el momento en el que la conoció: «Todavía recuerdo a “Fudules”, un viejo cantador de coplas llaneras, en una barranca, a la luz de la luna. Y nosotros, Guillermo Rodríguez Blanco, Enrique Ancheta, Don Jacinto Lagrave, sus hijos y yo, enfrente en el otro barranco, a la orilla del río, oyendo aquella maravillosa voz, atiplada, lanzada como un cuchillo en el hato “El Gavilán”, que queda en el sur del Estado Anzoátegui a orillas del Orinoco. Fue en un paseo de Semana Santa: “Anda muchacho a la casa y me traes la carabina, pa’ matar a este gavilán que no me deja gallina”».

 

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Ñapa lunar

Como un hilo muy tenso que vibra con dulzura es la variación de “Tonada de luna llena” con la que Nicolás Ospina abre ‘Tumbos’. Sea este el pretexto para un encime lunero. Y es que la canción de Simón Díaz ha sido motivo de inspiración para tres cantantes colombianas, quienes se han rendido a su encanto primordial.

La versión de Lucía Pulido -extraída del disco ‘Luna Menguante’ (2008)- es una abstracción sucinta para bajo y cuatro en la que su voz retumba haciéndole frente al conjuro rítmico que el bajista japonés Stomu Takeishi propone con su instrumento.

Por el lado de Marta Gómez, su versión incluida en ‘Cantos de agua dulce’ (2004), el asunto es melódico y concreto. A una dulce introducción a capella se le suma una base rítmica que desemboca en la cumbia, mostrándonos los finos hilos que unen a las músicas en Latinoamérica.

En la mitad de las dos se encuentra Victoria Sur quien con la compañía del pianista Nicolás Ospina logra desmontar el grito primordial de la mentada canción en una suerte de balada triste con tintes de jazz y blues. Su versión fue incluida en el disco ‘Belleza silvestre’ (2010).

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