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Pijao, Quindío: el pueblo donde sus habitantes viven sin prisa

En este municipio, sus habitantes viven en comunión con la naturaleza, la cultura local y la comida sana.
Pijao, Quindío | Turismo sostenible y destino de reposo
Cultura
Fotos: Vanessa Sánchez
Vanesa Sánchez

La vida de Pijao, Quindío, como en la mayoría de municipios, se disfruta sin afanes. Pero este no es un pueblo común y corriente, pues logró convertirse en la primera localidad de América Latina dentro de la red internacional de Cittaslow (ciudad lenta, en italiano), una organización mundial con sede en Italia que reúne a cerca de 220 ciudades que viven en comunión con la naturaleza, la cultura local y la comida sana, y que les brindan a sus pobladores una buena calidad de vida y, sobre todo, mucha tranquilidad.

Aquí se antepone la calidad de vida al estrés y a la contaminación, viven en comunión con la naturaleza, la cultura local y la comida sana. Así lo representa el caracol tallado en las puertas de los negocios, que sirve como recordatorio de que ahí se vive con tranquilidad, utilizando técnicas naturales y comida de las huertas, sin planes de expansión y con mucha calidad de vida.

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Dentro de sus 6.600 habitantes está la pijaense, Mónica Liliana Flórez Arcila. Cuenta que lo dejó todo por Pijao. Dejó su trabajo en una universidad y ofertas de trabajo para refundar su pueblo cordillerano en el Quindío. Dice que ha trabajado por más de 20 años en torno a recuperar la imagen del municipio, y en contarle a la gente por qué es valioso este territorio. “Por el paisaje, el café, la arquitectura y las formas de vida simple”.

Todo empieza en el 2006 cuando regresó a su pueblo y encontró a Pijao resquebrajado en su estructura física y la salud mental de la comunidad. Hechos como la caída del pacto cafetero en 1989, el terremoto de 1999, la toma guerrillera del 2001, la falta de gobernanza y de oportunidades locales, y de mejores condiciones de vida, el abandono y la percepción de un lugar alejado y peligroso, donde no había nada, llevó a cientos de ciudadanos a migrar hacia Israel, Europa y EE. UU.

Mónica decidió cumplir su sueño y creó la fundación Pijao Cittaslow, que se adhiere al movimiento mundial del ‘buen vivir’, y que nació en Italia en 1999 para ampliar la filosofía de un estilo de consumo sostenible y de calidad en cuanto a la alimentación, la forma de cultivar y producción a pequeña escala para incorporarlo a la vida cotidiana.

“Lo que soñaba era el fortalecimiento de una pequeña economía local a través de la alimentación –desde el café, las semillas nativas-, de un turismo responsable, del desarrollo de los oficios de la gente –de la modista, del zapatero, del artesano, del relojero- ,de la conservación del paisaje –de páramo, valle y montaña-, del agua limpia y del aire limpio”.

Mónica, que se había ido de Pijao y volvió, quiso promover el estilo de vida lento, orgánico, autosostenible. “La idea era convertir al pueblo en un lugar turístico para viajeros que buscan reposo. Aquí van a encontrar huertas en las casas, mucho silencio y conocerán paisajes maravillosos. Este es un trabajo de más de 15 años por un turismo justo, de pequeños grupos, no de grandes firmas”, afirmó.

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En cámara lenta

Sobre el turismo en Pijao, Mónica argumenta que se debe apoyar a las pequeñas comunidades locales, y que no puede recibir el número de visitantes que tiene Salento y Filandia cada fin de semana.

“Hay que mejorar la calidad del agua, la infraestructura y arquitectura tradicional, la señalización de vías y ayudar a los pequeños emprendedores. Me preocupa la preservación del Paisaje Cultural Cafetero, porque viene ahora esa producción en masa de monocultivo de aguacate hass. El problema es: ¿dónde se está cultivando?, ¿quiénes están llegando?, ¿quiénes se están quedando con la tierra? y ¿quién da los permisos para cultivar en áreas prohibidas?”, agregó.

A su ritmo

Al día de hoy cuando se sube a Pijao después de dejar el río, se ven las fincas cafeteras. En una de ellas se hace el café especial Los Pinaos o Luqman, uno de los mejores del país. Según Víctor Hugo Grisales, su productor, el grano es orgánico, con proteínas y sabor a caramelo. En su finca muestra el proceso de recolección y secado, y, ya en el pueblo, en un café de su propiedad, sirve tintos, expresos, capuchinos, granizados que acompaña con achiras (bizcochos pequeños de maíz al horno), o galleta cuca.

Cerca está el bar Los Recuerdos, una cantina tradicional quindiana donde suenan rancheras, música carrilera, tangos, sones, y está decorada con publicidad de películas de hace 30 o 40 años. Don Gonzalo Toro, el dueño, tiene experiencia: “antes del terremoto tenía una cantina nocturna en la plaza del mercado, pero se cayó. En el bar muchos beben licor, mientras la aguja raspa los discos de larga duración. Soy un coleccionista”, comentó.

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Si visita este pueblo es común ver esta fotografía: una nube blanca de garzas que llega al parque, donde los más viejos salen de misa. El pueblo va entrando más y más en el silencio, en la lentitud que tiene su propio símbolo: un caracol que está tallado en los avisos de madera de los negocios. Este pueblo, dicen algunos, parece un caracol: camina lento, pero seguro.

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