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‘Cuando los pájaros no cantaban’: las voces del conflicto en el Informe Final de la Comisión de la Verdad

En este capítulo se incluyen principalmente los testimonios voluntarios de las víctimas, pero también de quienes participaron directamente en la confrontación.
Colombia: Informe Final Comisión de la Verdad
Paz
Foto: Colprensa
Yaneth Jiménez Mayorga

La Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición, o Comisión de la Verdad, entregó este 28 de junio el Informe Final, un documento que es el resultado de casi cuatro años de investigación y ejercicio de escucha de más de 25 mil personas que tuvieron y han tenido relación directa o indirecta con el conflicto armado interno. Según la Comisión, esta herramienta brinda un conjunto de recomendaciones para sentar las bases para la no repetición y la esperanza de un futuro en paz en el país. 

Este Informe Final que salió a luz pública se divide en 10 capítulos que fueron organizados por ejes temáticos, uno de los cuales corresponde a testimonios, un capítulo que contiene los relatos e historias de las víctimas, pero también de los que participaron directamente en la confrontación armada, ya fuera empuñando las armas contra el Estado o defendiéndolo.   


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El capítulo titulado ‘Cuando los pájaros no cantaban, historias del conflicto armado en Colombia’, dirigido por el comisionado Alejandro Castillejo-Cuéllar, se centra en indagar y narrar tres momentos del conflicto: un pasado que aún persiste (la violencia continúa), un presente incierto y un porvenir imaginado. Este último momento es una mirada hacia el futuro dividida en tres partes: ‘El libro de las anticipaciones’, ‘El libro de las devastaciones y la vida’ y ‘El libro del porvenir’. De ellos, compartimos algunos relatos.

‘El libro de las anticipaciones’ reúne 42 textos distribuidos en seis secciones. Sus relatos giran en torno a señales y corazonadas que evidenciaban que algo no estaba bien. Son una especie de premoniciones que se presentaron como un aviso del derrumbamiento de la cotidianidad. De esa avalancha que venía compartimos, textualmente, dos testimonios:

Corazonada de madre

Por allá en el 2004, los pelaos me dijeron “vamos pa' Codazzi a coger café”. Iban a trabajar en una finca de una señora de apellido Mendoza. Ellos me dijeron “llegamos el 30”. Antes de que salieran, me les arrodillé por ese presentimiento que tenía. Les dije: “¡Por favor, mis hijos, no se vayan!”. “Nosotros no nos metemos con nadien”, me dijeron, “no nos va a pasar nada”. “Sí, eso lo sé yo y mi Dios también lo sabe, pero los que estamos pagando hoy en día la violencia que está habiendo, los que estamos sufriendo más, somos los que no tenemos nada que ver con la guerra. Yo no quiero que ustedes se vayan por allá porque ustedes no van a volver. Yo sé que no los voy a ver más. No diga eso. Le llegamos el 30. Y si no llegamos el 30, llegamos el 31, pero le llegamos.

Nosotros para esa fecha nunca habíamos estado distantes. Y ya cuando llegó el 30, yo esperé a mis pelaos. Llegó el 30 en la noche. Llegó el 31. El 31 en la noche me abracé con el hijo mío mayor y le dije Miguel, los pelaos no vuelven más. “No diga eso, mamá. No diga eso que ellos sí van a venir”. “No, no van a venir”. 

La Mona 

Uno sí se daba cuenta de cosas porque ella se quedaba mirando las fotos de mis papás. Me preguntaba por el niño, que cuántas hermanas tenía, que este familiar qué hacía. Iba a almorzar a mi casa, ya había como más feeling para todo. Nosotras duramos casi un año larguito. Un día ella nos dice que nos alquiló una finca en Villavicencio. “No, es que imagínense que les alquilé una finca; las voy a llevar a pasear”. Era un puente, nosotras dijimos: “listo, vámonos para el puente”. Fuimos al famosísimo fin de semana con ella. Primero para Villavicencio, y en Villavicencio supuestamente nos recogían unas camionetas para llevarnos a la finca que ella nos había alquilado. Pero en mitad de camino, yendo de Villavicencio para Yopal, nos pararon en la vía y nos hicieron bajar. Nos dijeron que desde ese momento nosotras pertenecíamos a las Autodefensas Unidas de Colombia. Yo dije “venga, ¿y qué es “autodefensas”?”.


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De ‘El libro de las devastaciones y la vida’, relata cómo los eventos catastróficos del conflicto armado se incrustaron en la cotidianidad de estas poblaciones, dejando sufrimiento y dolor. También refiere cómo el dolor pudo haber ayudado a construir un espíritu de resistencia y vida. A continuación, dos testimonios transcritos textualmente:

Invasores 

Cuando el manglar estaba en paz, las aves le botaban sus heces. Esos nutrientes lo fortalecían, lo ponían más bonito. Lo que le quiero decir es que los nutrientes que hoy botan las aves no son suficientes. Dentro de sus heces traen otras cosas, plagas que no ayudan a que el manglar pueda ser lo que es. ¿Y qué tiene que ver eso con la violencia? Normalmente donde estaban esas aves no molestaban los humanos. Las piangueras iban, pero con silencio. Cambia. Llega la violencia con muchachos de ciudad y de otras partes a esconderse en el manglar. Comienza un bororo, un revolú de bulla que espanta a las especies. 

Hacen disparos, espantan. Llegan cuerpos, llegan otras aves. Comienzan a crecerse las especies invasoras. Una de las huellas son las especies invasoras. La segunda huella que yo podría decir es el venteo. Cuando el manglar estaba tupido, el sonido era distinto, más apretado: quiquiriri. Ahora su sonido es desesperante; su brisa es como fuuuuu. Antes era como un vaivén, como un baile, como una cosa que te generaba placer, satisfacción, armonía. La otra es la huella del tronco. Sus troncos tienen huellas. Algunas pueden ser de disparos, otras quedaron de colgar gente en los troncos. 

Por tu silencio 

Cuando yo comencé a protestar por la muerte del muchacho no dejaron que se investigara. Yo les he hecho muchas protestas en todo el país porque a mi hijo me lo entregaron torturado, tenía señales de estar amarrado de pies y manos. Hicieron cerrar el proceso, no han dejado que se investigue absolutamente nada y hasta el día de hoy ellos andan tapando esto. El 8 de octubre de 2006 a las siete de la noche me llamaron a decirme que a mi hijo lo habían matado en un combate en El Tarra. 

Lo torturaron, lo volvieron nada, de ahí lo sacaron a una montaña y lo pusieron a caminar en una semi curva. El puntero le disparó y otro le disparó al puntero pa’ que no se supiera la verdad. Él me llama a mí el 20 de septiembre de 2006 a las ocho y treinta y ocho minutos de la mañana y me dice: “Papi ¿cómo está?; lo llamo para decirle que tiene un nuevo nieto. Ana Marcela dio a luz. Una niña muy linda, en diciembre voy para que la conozca”. Hablamos cuatro minutos. 

Cuando le fui a colgar me dio por preguntarle: “Mijo ¿cómo está eso por allá?”. “Esto está muy feo. A mí me mandaron a matar dos muchachos para hacerlos pasar como guerrilleros muertos en combate y no los quise matar, yo me voy a retirar”. “No me diga a mi nada de eso que usted está grandecito ya”. Tenía 29 años, era suboficial del ejército cabo primero: “No, a mí no me diga nada de eso porque usted está muy grande. Ya usted sabe lo que puede hacer. Usted estudió algo, yo no estudié”. Me dijo: “Bueno, bueno papi”. Este caso lo denuncié en fiscalía, procuraduría, defensoría del pueblo, derechos humanos buscando ayuda, pero en ninguna parte. A mí lo que me ha quedado es hacer escándalo, llevar mi pancarta a todos lados. Este carro con el que exijo justicia. Me queda mi nieta y saber que mi hijo no era un asesino, de eso estoy seguro yo. No era un asesino y por eso se murió.


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De ‘El libro del Porvenir’ tiene cuatro secciones: ‘Dolores que congregan’, ‘Convivir, significar y resistir’, ‘Territorios de la escucha’ y ‘Encuentros’. Sus testimonios hablan de esas expectativas de transformación y de esperanza, de un futuro diferente para Colombia desde la cotidianidad. Estas son algunas de esas voces:

El miedo no puede ser tan verraco 

Las explosiones fueron muy duras, casi nos vuelan hasta el techo a nosotros. Mi hijo tenía más o menos cuatro años. Él oye una petaca y pa’ la casa, hermano, no hay más. Mi mamá, por ejemplo, lo que te decía, ella oye cualquier ruido y dice “¡Dios mío!, ¿otra vez?”. Uno mismo sale a la calle y siempre sale a ver qué está pasando, con mucho miedo. Eso no se borra fácil, eso queda en el subconsciente. Uno ve una pelea y más bien se quita. Para ese momento era peor, mi mamá no salía ni a la esquina. 

Le digo yo un día a un amigo “mira, mi mamá se va a enloquecer si no vuelve a salir de esa casa”; y él estaba en algo igual, le estaba pasando lo mismo. No salíamos, no hablábamos de eso, todos como escondidos. Hacía mucha falta un ratico de parque. Me dijo un día un vecino “no, hombre, es que el miedo no puede ser tan verraco de metérsenos al parque. Nos pueden controlar lo que quieran, pero déjennos el parque para las mamás, para los viejos”. Las FARC venían y daban vueltas. Un día dijimos “ya no les tengamos más miedo, pues, ¿qué más nos pueden hacer?”. Ya nos lo habían hecho todo. 

Armamos un grupo que se encargaba de decirle a la gente: “Salgan al parque, hagamos una retreta, tratemos de olvidar un poquito ese momento tan amargo”. A alguna de esas retretas llegaron los de las FARC en unos furgones, nos rodearon, y que teníamos que irnos. Como comunidad les dijimos “¡no nos vamos, se van ustedes, nosotros de aquí del parque no nos movemos!”, y nos mantuvimos en nuestra posición con música, quemando pólvora. Esa retreta tuvo como resultado que no volvieron a molestarnos por estar con música, compartiendo. Tú que me escuchas dirás “eso no es mucho”, pero mira, nadie se imagina lo que significa poder salir a un parque, a compartir.

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