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Niños y niñas rescatan los saberes de las plantas medicinales en Bojayá

Con los niños y las niñas de primer grado, una profe busca vencer la estigmatización del uso de las plantas, pues según los sabedores, no solo curan el cuerpo y sino también del alma.
Plantas medicinales en Bojayá
Tradiciones
Foto: Laura Ríos
José Luis Murillo

En la sede principal de la Institución Educativa Cesar Conto en Bellavista, municipio de Bojayá (Chocó), hay una huerta que contiene plantas medicinales de toda la región. Esta fue establecida por la profesora de básica primaria, Roquelina Palacios y un grupo de niños y niñas estudiantes que constituyen el semillero de aprendices de la medicina tradicional, que se forman en el cuidado y usos de las diferentes especies que cultivan.


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Según cifras del Dane, Bojayá tiene 12.326 habitantes, y cuenta con un solo centro de salud ubicado en la cabecera municipal, Bellavista, donde dos médicos atienden los servicios básicos en salud; los pacientes más graves se deben someter a un viaje de cuatro horas hasta la capital del departamento, al único centro asistencial de segundo nivel que existe, el San Francisco de Asís en Quibdó. Por esto, para las comunidades de la región tiene gran importancia de la medicina tradicional.

“Yo aprendí de pequeña con mi papá Aparicio y mi mamá Eulalia, ellos eran amantes de las hierbas, de ahí me nació el amor que tengo por la medicina tradicional. En cuanto al colegio, el proyecto surgió al ver que la gente menospreciaba el uso de las plantas medicinales y deduje que era por falta de conocimiento, y que mejor forma de fomentarla que desde el colegio, por eso le hice la sugerencia del proyecto de aula al rector para que los niños conocieran la plantas y se apropiaran de ellas y sus beneficios”, relató la profesora.

Foto: Laura Ríos.

Así empezó con los niños y las niñas de primer grado, buscando vencer la estigmatización del uso de las plantas, pues según los sabedores, no solo buscan el bienestar del cuerpo y sino también del alma, “mucha gente cuando lo ven a uno recolectando sus hierbas para hacer sus remedios, dicen que uno es bruja y que utiliza eso para hacer brujería, pero no es así, las plantas sirven mucho y más por acá que los médicos de medicina occidental no son constantes”, afirmó Roquelina.

Trabaja con niños entre 6 y 13 años de edad y ya lleva 13 años en el desarrollo de esta labor que hace por ciclos. Cada año selecciona nuevos niños para formar, quienes trabajan con los antiguos para reforzar el conocimiento: “al inicio de cada año se organiza el grupo de niños de los salones inferiores y se hace el plan de trabajo, luego se pasa a la fase de evaluación de lo que hay para saber por dónde empezar”, dijo la profe.

Un trabajo comunitario

El paso siguiente es la construcción o mejoramiento de la huerta que se hace de manera colectiva, “siempre las hacemos o las organizamos con los niños y las niñas, en ocasiones participan los padres de familia cuando los trabajos son muy pesados, como gran parte las hacemos en el suelo y todas en la intemperie, se dañan rápido porque son de madera y acá en la región llueve mucho”, dijo.

Como en todo cultivo es indispensable la preparación del suelo para lograr un buen desarrollo de las plantas: “si la tierra es fértil, solo la removemos y si hace falta le agregamos tierra de madera en descomposición o tierra de hormiga como complemento, esto solo para las plantas que lo necesitan”, explicó.

En el proceso de recolección de las semillas y la siembra se hace participe toda la comunidad, lo que convierte un proyecto de aula en un asunto comunitario. “Salimos por todo el pueblo a recolectar las semillas en las casas donde hay huertas, llegamos pedimos la semilla y los niños van aprendiendo de las personas a quienes visitamos porque nos van enseñando para que sirve cada planta, como se utiliza y dan consejos sobre su cuidado; que luego se complementan al momento de la siembra, durante el cuidado y en el aula”, relató Roquelina.

Yorlin Tamara Rentería es una de las niñas que hace parte del semillero, y cuya vida está muy ligada a uso de las plantas medicinales. “Yo empecé con la profe Roquelina a los 9 años, pero antes me enseñaban mi abuelo, que es curandero de mordeduras de serpientes, y mi mamá que cura la gripa, el mal de ojo y la lombriz (parásitos en el estómago). La profe me enseño que hay que sembrar bien las plantas medicinales, aprender de su uso para cuando las necesitemos, las tomemos”, dijo.

El uso de la medicina tradicional

El Chocó es un departamento donde habitan 90 especies de serpientes, constantemente los campesinos son mordidos por serpientes que son tratadas en gran medida por los curanderos y curanderas. Bojayá es un municipio rural donde son comunes los accidentes ofídicos, y donde no se cuenta con suero antiofídico para tratar a los pacientes, los cuales tienen que ser trasladados a Quibdó: “mi abuelo, cuando una persona lo muerde una culebra se lo llevan a Pogue (corregimiento de Bojayá) y él lo cura con la hierbas y eso no demora”, contó Yorlin.

“La profe también me enseñó a preparar los remedios para curarse cuando uno o un familiar está enfermo, uno también aprende mucho cuando salimos de casa en casa a pedir la semilla y las señoras nos dan y nos enseñan muchas cosas que después se las enseño a mi mamá para que le haga remedios a mis hermanitos”, finalizó.

Para facilitar la identificación de las plantas la profe indica que “Tratamos siempre de sembrar las plantas por grupos, dependiendo para que sirvan, por ejemplo: un grupo para las que se utilizan para tratar dolores, otro para enfermedades de la piel, otro para las enfermedades gastrointestinales, otro para las respiratorias, y así sucesivamente; Pero lo más importante es que los niños aprenden a identificar las características de cada una y sus usos en beneficio de la salud”, puntualizó.

La profe cree que la tierra provee lo necesario para afrontar las enfermedades, por ello enfatiza en la importancia de que los niños aprendan este arte, “la idea es que ellos observen, toquen, huelan y sientan el sabor de cada planta, para que se les grave en los sentidos y puedan solucionar problemas de salud en sus casas como ya lo han hecho en muchas ocasiones”, agregó.

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Foto: Laura Ríos

“Una niña me contó que la mamá tenía un dolor de oído que no la dejó dormir durante la noche, y a la mañana siguiente se levantó la muchacha y cogió de la azotea de la casa dos hojas de orégano, las puso en el fogón, y cuando estuvieron tibias les sacó el sumo y se lo hecho dentro del oído, después de unos minutos se le alivió el dolor y eso estuvo para no dolerle más; por eso yo digo que los conocimientos de nuestros abuelos no los podemos dejar perder”, dijo la profe.

El municipio de Bojayá está conformado por comunidades negras e indígenas geográficamente dispersas, a la cuales solo se accede por vía fluvial con trayectos que duran hasta ocho horas desde la cabecera municipal. “Imagínese usted con un dolor de oído o de muela que no sepa tratar en su comunidad, le toca salir por el río tarde en la noche hasta Bellavista para que le den una pastilla o le pongan una inyección, cuando lo puede solucionar con una o varias plantas, eso es inaudito”, comentó.

El sueño de la profe es hacer crecer este proyecto de aula: “yo quiero que alguien me apoye en la formulación de un proyecto para todo el municipio de Bojayá, y así todos puedan aprender de medicina tradicional, porque antes no había tanto médico y la gente casi no salía a la cabecera municipal por enfermedades menores, pero ahora todo es hospital, y eso era por los curanderos que había en cada pueblo con las plantas”, concluyó.

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