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La mochila: fuerza, perseverancia y sentir de la mujer kankuama

Antes de tejarlas en fique o en lana, las mujeres kankuamas se dedican a pensar las mochilas pues su diseño es una forma de "escribir su diario acontecer".
Indígenas kankuamas
Tradiciones
Fotos: Comisión de Mujeres Kankuamas
Humberto Carrillo

De fique o lana, con sus alegres colores y místicos diseños, esta artesanía indígena además de ser una representación de la Madre Tierra, es símbolo de resiliencia de la mujer kankuama.

Liliana Villazón Arias reparte su tiempo entre las labores de la casa, su trabajo en la comunidad y el tejido de mochilas. Tiene 27 años, es soltera, sin hijos, ingeniera ambiental de la Universidad Popular del Cesar, vive con sus padres, es miembro de la comisión de mujeres y familias del resguardo kankuamo y apoyo técnico de la Asociación de Artesanas Kankuamas, Asoarka.

Más de 80 mujeres son socias de Asoarka y su trabajo viene apuntando a fortalecer y sostener la elaboración de artesanías, que las nuevas generaciones conozcan y se apropien de los conocimientos mediante las escuelas donde se transmiten los saberes desde los mayores hacia los niños y jóvenes.

“La mochila es el símbolo representativo del pensar y el sentir de nuestras mujeres, es fuerza, perseverancia, resiliencia, trabajo colectivo, esperanza, el llamado a permanecer, a cumplir nuestro propósito como guardianes y protectores de la sierra. Es la representación misma del pensamiento, es nuestra forma de escribir los sentires y pensares del diario vivir”, afirma Liliana mientras teje una mochila de lana.

El resguardo Kankuamo está compuesto por 12 comunidades: Guatapurí, Chemesquemena, Las Flores, Murillo, Los Haticos, Río Seco, Pontón, La Mina, Rancho de la Golla, Ramalito y su capital Atánquez con cerca de 17.000 habitantes. Fue reconocido legalmente por el Estado colombiano mediante la resolución 12 del 23 de abril de 2003.

Es un territorio de 24 mil hectáreas en el lado suroriental de la Sierra Nevada de Santa Marta correspondiente al departamento del Cesar en límites con La Guajira, una zona bañada por cristalinos ríos que descienden de las montañas como Guatapurí, Badillo, Río Seco, Candela, Pontón, Chiskwinya.

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Pensar la mochila

“Las mujeres kankuamas hilan, tejen el fique y la lana, pero antes de eso, se dedican a “pensar” la mochila, a diseñarla mentalmente mientras adelantan sus labores diarias. Van combinando las figuras, el tamaño, los colores, los materiales, van visionando y sintiendo, y todo termina reflejando su estado de ánimo, es una forma de escribir su diario acontecer”, dice Liliana Villazón. “La forma de la mochila es feminidad, fertilidad, útero que guarda, cuida y protege”, agrega Liliana.

El diseño es el paso más complejo de la mochila porque pone a prueba la destreza de la tejedora y define la relación de su pensamiento con el territorio. El primer diseño con el que comienzan desde niñas es el del cerro que representa a la Sierra Nevada; también están el caracol que simboliza el espiral del pensamiento y el origen del mundo material; la cocada que es el pensamiento del hombre; el camino que significa los escalones altos y bajos en la vida; y el dibujo del kambiro que es la Madre Tierra.

Para impregnarle color a las mochilas y tinturarlas, utilizan las cortezas de plantas naturales del bosque seco tropical como el coco, el dividivi, el morito, el eucalipto, el caracolí, la batatilla. El proceso consiste en moler las cortezas o flores y ponerlas a hervir en una olla hasta que el color se adhiere al fique o la lana.

La mujer kankuama aprende a tejer desde muy niña, y en compañía de sus familiares y otras compañeras de la comunidad, van tejiendo el pensamiento. Afirman que así se mantienen vivas y conectadas con su pasado, construyen el presente y planean el futuro, y con cada mochila que terminan, honran a sus antepasados.

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Del zuzugao a la carguera

Las mochilas kankuamas tienen varios tamaños: la de fique más pequeña se llama “zuzugao” y puede costar desde 25 mil pesos hasta 35 mil; la “tercera” de 50 mil pesos a 90 mil y la “carguera” de 80 mil en adelante. El valor comercial depende del tipo de tejido, tamaño y diseño. Otro aspecto importante es el grosor del hilo, pues entre más delgado permite una mochila más fina. Su elaboración en promedio demora tres semanas hasta un mes, como el caso de una mochila mediana o “carguera”.

Tanto la mujer como el hombre tejen, pero ella está más ligada a la tradición. Los hombres, por aculturación y la violencia, tuvieron que acudir al tejido por supervivencia, para ganar un sustento, por necesidad. Está involucrado especialmente en el proceso de macaneo (extraer la fibra del fique, la materia prima). Esto les ha permitido a los hombres conectarse con lo femenino, a valorar y respetar a la mujer. Lo que para la mujer es la mochila, para el hombre es el poporo el que representa su pensamiento.

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Con el tiempo, la elaboración de artesanías ha mejorado en el resguardo kankuamo. La lana de ovejo o virgen es tomada directamente del animal, es más ‘pelusuda’; en cambio, la lana de alpaca que es producida a escala industrial y se trae desde Boyacá, no pica, es más algodonada.

Actualmente hay un proceso de salvaguarda para sostener los conocimientos sobre la elaboración de mochilas, mochilones y chinchorros, así como crear nuevos productos en busca de innovación con estrategias de comercialización sin perder la esencia, para que sirvan de transmisión de los valores y cualidades de la cultura kankuama.

Por ahora no existe un proyecto de industrializar la elaboración de la mochila incrementando la crianza de ovejas, porque las autoridades kankuamas creen que podría ser contraproducente como presión sobre el ecosistema del páramo. Consideran más importante conservar el recurso del agua y promover la siembra del fique de manera sostenible.

Para Liliana Villazón “la idea no es solo comercializar las mochilas, sino que quienes las adquieran se conviertan en aliados de la conservación de los elementos que nos regala la Madre Tierra”.

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